Hay liderazgos que, en lugar de construir equipos, construyen barreras.
No dan participación, no delegan y no permiten que otros brillen, porque detrás de ese comportamiento muchas veces existe un miedo: el miedo a ser desplazado.
Pero hay algo que un verdadero líder
entiende: nadie puede quitarte tu esencia.
Cada persona tiene su propia luz, sus propias cualidades, su propia manera de aportar y de dejar huella.
La persona que está a tu lado no es tu sombra ni viene a quitarte tu espacio. Puede tener capacidades diferentes, talentos distintos y una luz propia que merece ser reconocida.
Por eso, un verdadero liderazgo no busca apagar luces; las enciende.
No teme compartir el escenario; crea más escenarios.
No compite con su equipo; lo fortalece.
Porque cuando sabes quién eres y lo que vales, no necesitas impedir que otros crezcan para sentirte importante.
Tu luz no disminuye porque otra persona brille.
Al contrario: cuando eres un verdadero líder, tu grandeza también se demuestra en la capacidad de hacer brillar a los demás.
